Sentir — distracción
Es sintiendo como experimentamos la realidad, pero la realidad que percibimos es, en realidad, una experiencia construida por nuestros cerebros: una interpretación de las señales que nuestros sentidos nos dan. El sufrimiento o la alegría no están en el evento; están en nuestra mente. Es, entonces, nuestra interpretación de las señales la que forma un sentir que, nuevamente, nos informa de nuestra realidad.
“Elige no ser dañado y no te sentirás dañado. No te sientas dañado y no lo has sido”.
— Marco Aurelio
Tenemos el poder de crear nuestra realidad, pero es la distracción lo que nos aleja de esa maravillosa habilidad, al sacar nuestra atención del sentir y ponerla de nuevo en estímulos que, por lo general, no generan sensaciones reales, sino fantasías.
Paradójicamente, las distracciones son también algo que percibimos a través de nuestros sentidos, los cuales engañan a nuestros cerebros para no verlas como algo irreal, confundiéndonos, como un virus que intenta apoderarse del sistema, del programa que corre nuestra propia realidad.
Las distracciones suelen atraparnos con salidas fáciles, que no requieren ningún esfuerzo. En lugar de pintar, mira cómo pintan otros; en lugar de entrenar, mira cómo se desempeñan otros. Mira en cualquier dirección que no sea tu propio camino. La distracción es cualquier cosa menos lo que somos; tampoco es lo que hacemos ni lo que queremos. Algo que no es real no está aquí ni ahora, en el único momento que existe; es, entonces, una fantasía, una mentira.
No podemos sentir distracción. No: uno se distrae. Ser es encarnar, es existir. La distracción no es ser; es fantasía, es lo que no es. Por eso, estar distraídos no se siente como algo, sino como la ausencia de propósito, de sentir, de existir.
Estar distraídos nos cubre los ojos con fantasías y nos impide ver la realidad y nuestro propósito; y lo que no se ve, no se puede seguir. Así, poco a poco, terminamos sirviendo a la fantasía, a la mentira, a la nada. Convertidos en espectros, intangibles y sin dirección, ocupados pero ausentes, creyendo avanzar cuando, en realidad, solo damos vueltas.
Volver a poner nuestra atención en lo que sí se puede sentir, en el mundo a nuestro alrededor, es un acto de rebeldía que nos regresa a tierra: a donde podemos tocar y sentir, donde suceden las cosas, en la realidad; y donde podemos volver a interpretar nuestros sentidos con claridad, como la persona que queremos ser, y no como una víctima sin ningún poder.