Despacio
Nos encanta que las cosas perduren. Amamos vivir buenos momentos y sentir que nos llenan, que continúen hasta ya no poder más. Siempre deseamos tener más tiempo para lo que nos fascina y nos obsesiona. Nos encanta que la vida vaya lento y valoramos enormemente las cosas duraderas: todo lo que requiere presencia y cuidado, lo que no es de la noche a la mañana.
Lento es sinónimo de alto valor y alta calidad, mientras que lo que va muy rápido suele ser al contrario. Como la comida rápida, como una baratija que compramos rápidamente en internet y que acaba igual de rápido en la basura. Una relación rápida que ni siquiera cuenta como tal; es más bien una transacción, no es compartir.
Percibiendo el mundo lentamente, nuestros días duran más: el tiempo alcanza, hay más para disfrutar y aparece la calma necesaria para resolver los problemas de una vez por todas. Lentamente, tomamos mejores decisiones, mejoramos y crecemos. Lentamente se cuenta una buena historia.
Lento no es difícil; rápido no es fácil. Cuando algo viene a nosotros rápidamente, nos cuestionamos y dudamos. Cuando algo se logra después de un largo camino, aprendemos y disfrutamos más del proceso que del destino.
Lento es el camino que lleva a la maestría. Y la maestría es lo que hace que lo difícil parezca fácil y que lo lento parezca rápido. Muy rápido podemos obtener las herramientas del maestro y, aun así, abandonar antes de terminar. Entonces, nada llega a su final.
Le damos tiempo a algo, porque el tiempo no respeta nada que se haga sin él. Si nos respetamos, nos amamos, nos importa, nos tomamos el tiempo necesario.
Lentamente, presentes, aquí y ahora: así se disfruta la vida.
Con calma y atentos, así se hacen las cosas buenas, las cosas que duran.
Despacio, porque tenemos prisa.